En este mes de las madres sería buena idea reflexionar sobre cómo estamos educando a nuestros hijos.  “Es por su bien”, escucho a algunas mamás o “A mí me educaron así y no me traumé” responden cuando se toca el tema acerca de si corregir o no a los hijos con nalgadas o gritos.

La realidad es que aunque durante siglos lleva considerándose una práctica común y aceptada en la sociedad y en la familia, no podemos cerrar los ojos y guardar silencio ante el hecho evidente de que estamos cayendo en violencia intrafamiliar.

Organizaciones nacionales e internacionales hacen un llamado urgente a la sociedad para atacar este problema.  La OMS la designa como un problema de salud pública.  En México, la violencia infantil es causante de problemas que van desde la deserción escolar hasta la muerte con cifras alarmantes respaldadas por estudios de instituciones como la SEP, la Secretaría de Salud, el DIF, la UNICEF y el INEGI.

La Convención de los Derechos del Niño dice que el maltrato infantil es un atentado a los derechos más elementales de los niños y generalmente proviene de los padres.

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Ninguna violencia contra los niños está justificada

No hay nivel social, económico o cultural que excluya la violencia no solo física, sino también psicológica dejando secuelas profundas en ellos.  Es muy triste pensar que todos los días miles de niños sufren esta situación de parte de sus propios padres.

¿Qué podemos hacer nosotros como madres?  Iniciar un cambio en nuestra conducta.  Si partimos de la premisa de que toda violencia puede ser prevenida ya estaremos dando el primer paso.  Debemos transformar la mentalidad de la sociedad y eso empieza en casa.

Educación por la paz

La UNICEF apoya un proyecto dirigido a combatir la violencia en las escuelas con el lema “Contra la violencia, eduquemos para la paz: por mí, por ti  por todo el mundo” pero resulta un poco incoherente, ilógico y absurdo que se hagan estos esfuerzos para combatir  la violencia y el maltrato en las escuelas si en los hogares no se pelea la misma batalla.

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El desafío es enorme, lo sé, estamos acostumbrados a este tipo de educación pero no podemos seguir transmitiendo de generación en generación una formación basada en la agresión y la violación a sus derechos.

¿Qué nos hace reaccionar así?

Un gran número de padres que reaccionan con violencia sufrieron maltratos y falta de afecto en su niñez.  El estrés, la inestabilidad económica, la disfunción en la relación entre esposos pueden desencadenar estos episodios.  Pero un padre que violenta a su hijo es porque es incapaz de controlar sus emociones.  Normalmente tiene baja tolerancia a la frustración, poco control del enojo y no posee información eficaz sobre cómo ser un padre competente.

El castigo físico no es pedagógico

Golpear a los niños les enseña a golpear.  Los niños observan y aprenden de padres que reaccionan con impaciencia y poca empatía.  Tú eres más fuerte y más grande y desde cualquier punto de vista esto es claramente injusto.  Un niño golpeado siente enojo y ganas de vengarse y no aprende cómo reaccionar o evitar situaciones similares en el futuro.

La violencia rompe el lazo entre padres e hijos porque no podemos sentir amor hacia alguien que nos hace daño.  Los gritos y los golpes parecen funcionar, pero solo en apariencia, porque están basados en el miedo.

El niño va guardando enojo y frustración y de pronto, nos topamos con adolescentes coléricos que no sabemos de dónde salieron porque cuando se sienten lo suficientemente fuertes para expresar la ira que han ido acumulado durante años, nos causa un shock.  Lo que obtuvimos gracias a la violencia cuando eran niños, será un precio muy alto que tendremos que pagar.

El mensaje es peligroso

Aprenden que se vale golpear a otro más pequeño o más débil y que pueden expresar sus sentimientos y resolver los problemas con violencia.  Si un niño no experimenta una reacción sensible y respetuosa de sus padres, le será sumamente difícil aprender a hacerlo por él mismo y seguiremos heredando este tipo de parentalidad.

¿Por qué se porta mal?

Antes de reaccionar, averigua las razones. Puede ser que su rutina se haya alterado, que tenga hambre, esté aburrido, cansado, o incluso sobreexcitado o preocupado; tal vez atraviese una situación de ansiedad como el nacimiento de un hermano, la separación de los padres, el cambio de colegio o de ciudad, etc.

Nunca es demasiado tarde

  1. Respira, Profunda y lentamente.  Ten en mente que tú eres el adulto, tú eres la que debe guardar la calma.
  2. No lo ataques. Dile cómo te sientes.  Usa frases cortas: estoy muy enojada.  Dile tus expectativas: espero que recojas tu cuarto.
  3. Si estás demasiado alterada apártate, vete a otro lado donde te puedas calmar, después volverás e intentarás resolver el problema desde el diálogo y no desde los gritos o los golpes.
  4. Da información clara y precisa para que pueda comprender de acuerdo a su edad por qué no debe actuar así, de una manera tranquila y mirándolo a los ojos. Adviértele sobre las consecuencias si continúa con su actitud.
  5. Castiga inmediatamente y cúmplelo. El niño necesita aprender que todos sus actos tienen consecuencias positivas o negativas.  No amenaces con cosas que no puedas cumplir porque la próxima vez no será efectivo.
  6. Cuando haya pasado la tormenta, abrázalo, háblale con cariño, muéstrale que lo quieres y sé empática. Comprenderá que eres alguien en quien confiar y no alguien que lo agrede cuando más te necesita.
  7. Cuida más de ti. Reconoce tus necesidades y atiéndelas.  Si estás cansada, irritable, triste, será más difícil que puedas reaccionar favorablemente.

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No hay pretextos, se trata de tus hijos.  Puedes llevar a cabo una disciplina positiva siendo justa.  Marca límites pero también ayúdales a crecer y que sepan lo que se espera de ellos.  Deben sentirse siempre amados y protegidos.  Y recuerda que no hay métodos infalibles, puedes cambiar tus estrategias cuantas veces sean necesarias conforme vayan creciendo.

Investiga cómo hacerlo, experimenta y adecúa a tus hijos lo que mejor les funcione.  ¡Empieza por ti y verás resultados increíbles en ellos!